dimarts, 3 de novembre de 2009

Torreorgaz. Unas reflexiones en voz alta

Una docena de jóvenes de 17 años de Torreorgaz mataron a una burra a puñetazos, patadas e insertándole un palo en el recto hasta dejarla reventada por dentro. Ocurrió de madrugada, tras celebrar una noche de juerga, la noche de los quintos.

Según una nota leída por la alcaldesa de Torreorgaz, que condena enérgicamente los hechos, los padres de los autores de tal proeza piden disculpas y asumen la responsabilidad que les pueda corresponder.

El presidente Extremeño, Guillermo Fernandez Vara, se suma a la repulsa pero pide indulgencia para los quintos, aduciendo que la culpa es más profunda.

Y de momento a los menores se les acusa de un delito de daños, ya que según los veterinarios de la Junta de Extremadura, la burra, la pobre burra, murió de un infarto. Lo que no explican, de momento, es si el infarto le sobrevino al pobre animal a causa del inmenso sufrimiento que le estaban causando los jóvenes.

El Sr.Vara tiene toda la razón en una cosa, la culpa es profunda, tan profunda como una parte de nuestra España, que no ceja en su empeño de maltratar animales, de verlos como meros objetos a su servicio, para disfrute y diversión de unos cuantos cafres que han perdido la noción de lo que verdaderamente puede entenderse por diversión.

Una sociedad que permite que niños pequeños asistan y convivan con las becerradas y novilladas donde se da muerte pública, por aprendices de matador, a un novillo que apenas ha desarrollado mínimamente la cornamenta, donde se clava la espada una y otra vez al pobre animal, donde el menor aprende a ser insensible al tremendo sufrimiento de un mamífero, donde el pequeño, aún sin un carácter formado, aprende que los animales pueden ser utilizados y masacrados públicamente para el disfrute y diversión del ser humano, una sociedad así tiene lo que cosecha, menores y jóvenes insensibles al sufrimiento de todo animal, que disfrutan viendo el dolor ajeno, que crecen con una distorsión cognitiva que, en función de su evolución, puede llegar a generar deseos de violencia y sufrimiento también a sus congéneres.

Numerosos estudios en psicología, sociología y criminología relacionan el maltrato hacia los animales con comportamientos violentos entre personas. Luego, ¿nos extrañamos de que vivamos en una sociedad con un incremento alarmante de casos de violencia de todo tipo?

Es necesario erradicar todas las fiestas crueles con animales, no hay cosa peor que presentar ante un menor un maltrato animal permitido por la ley, institucionalizado y vestido de fiesta y divertimento para los adultos, es una grave perversión ética que puede marcarlo para el resto de su vida.

Debemos educar en el respeto a la naturaleza y a los seres vivos que la comparten con nosotros, y no nos podemos permitir el lujo de enviar mensajes contradictorios a nuestros niños y jóvenes.

Pero también debemos ser inflexibles con los casos de maltrato, y debemos serlo porqué existe una ley que los prohíbe, porque casos como este crean alarma social, porque todo caso de maltrato impune es una invitación a perseverar en la brutalidad, y concretamente en este caso en el que los imputados son menores, hay que actuar todavía con más firmeza, puesto que de no hacerlo podemos estar dando alas a un futuro asesino en serie, a un maltratador patológico, o a un violador en serie.

La sociedad, y todos los estamentos implicados, no pueden menospreciar las claras advertencias que un caso como este u otros nos están dando. Hay un problema y hay que poner los medios para atajarlo. Medios educativos y de asistencia psicológica a los maltratadores, pero también punitivos.

No caigamos repetidamente en los mismos errores, no justifiquemos la barbarie como si de una chiquillada se tratase, no seamos indulgentes con los menores pensando que la culpa no es enteramente suya, porqué aunque así fuere, los menores ya han iniciado un peligroso camino, el de la insensibilidad hacia el sufrimiento ajeno, el de la diversión mediante la tortura de un ser indefenso. Y les debe quedar meridianamente claro que es un camino equivocado, al igual que lo es una violación, un atraco a mano armada o el asesinato de un congénere.

Espero y deseo que las autoridades y el poder judicial estén a la altura de los retos que a esta sociedad se le están planteando con este triste caso. Espero y deseo que por fin hayamos aprendido que la indulgencia, en este tipo de hechos, genera mayor violencia.