dilluns, 30 de novembre de 2009

¿Quién analiza al psiquiatra?

El “prestigioso” psiquiatra Leopoldo Ortega Monasterio participó en una Mesa Redonda acerca del futuro de la Fiesta en Catalunya organizada por la Casa de Madrid en Barcelona.

Ortega Monasterio 'tiró' el argumento de quienes relacionan la fiesta de los toros con la tortura: "En el toreo no hay tortura ya que para ello sería requisito una inmovilización". En su opinión durante la lidia el toro sufre un estrés y una fatiga similar a la que sufre un jugador de rugby en un partido.

Esta noticia completa puede leerse en el siguiente enlace: http://www.burladero.com/noticias/008727/leopoldo/ortega/el/toreo/nunca/tortura/inmovilizacion

Y un servidor, que por fortuna no se dedica a la difícil tarea de investigar en los recovecos de la mente humana, no puede por menos que preguntarse, ¿y quién analiza al psiquiatra?, porqué me da la sensación que al prestigioso psiquiatra se le ha ido un poco la cabeza, cosa a la que últimamente uno empieza a acostumbrarse a fuerza de leer las más estrambóticas y esperpénticas justificaciones que intentan dotar a “la fiesta” de algún sentido, de alguna justificación éticamente válida.

José Enrique Zaldívar Laguía, veterinario y vicepresidente de AVAT, que sin duda ha quedado tan perplejo como yo ante esta afirmación, expone en su blog http://www.blogveterinario.com/ :

Digamos entonces que cuando un maltratador le pega una paliza a su mujer, o que cuando se maltrata a un perro, si no están inmovilizados, no se puede llamar tortura.

Me temo que el "intelectual" de turno no sabe lo que significa la palabra:

tortura.

(Del lat. tortūra).

1. f. Grave dolor físico o psicológico infligido a alguien, con métodos y utensilios diversos, con el fin de obtener de él una confesión, o como medio de castigo.

Como puede apreciarse en la definición de tortura, no aparece en ningún lugar referencia alguna a la necesidad de que el torturado haya sido previamente inmovilizado. Sin embargo sí se hace referencia al grave dolor físico o psicológico infligido, así como a los utensilios diversos utilizados para ello.

Es posible que el ínclito psiquiatra pretenda ostentar un sillón en la Real Academia de la Lengua Española para poder limpiar, fijar y dar esplendor a nuestra lengua, y así poder ampliar y enriquecer la definición de la palabra en cuestión. Claro que más bien parece que todo se deba a una interpretación libre e interesada de la palabra tortura, una interpretación hecha a la medida para poder llevar la contra a cuantos pensamos que lo que sufre un toro en la arena es una auténtica tortura.

Y es que puestos a enriquecer nuestra lengua, porqué en definitiva es de todos, a mí también me gustaría hacer una humilde aportación. En la definición se habla tan solo de dos posibles fines, a saber, la obtención de una confesión, o la imposición de un castigo.

Seguro que cuando se creó el diccionario y en las sucesivas revisiones, nadie ha pensado en que el objeto de la tortura no tiene porqué ser necesariamente un ser humano, nadie ha pensado que también se puede torturar a un animal, al que lógicamente es imposible arrancarle confesión alguna, y al que tampoco necesariamente se le desee infligir ningún castigo. Tampoco nadie ha pensado en la tortura que desgraciadamente sufren demasiadas mujeres, tortura física o psíquica que muchas veces sufren calladamente, tortura que no busca confesión, que no responde a ningún castigo, solo a patrones enfermizos que buscan en la tortura la afirmación de su superioridad, incluso la pura diversión.

Diversión que quedó patente en la guerra de Irak al descubrirse como los soldados invasores torturaban a los invadidos mediante todo tipo de vejaciones. No buscaban confesión ni pretendían castigar, solo lo hacían por pura diversión. La misma diversión que buscaban los quintos de Torreorgaz cuando torturaron a una burrita hasta causarle la muerte.

Sí, definitivamente falta una finalidad más en la definición de tortura. La diversión. Lo llaman arte y lo visten de cultura, pero no deja de ser un pasatiempo más para los aficionados que acuden a un coso, una forma de pasar una tarde agradable, de divertirse a costa del sufrimiento de un animal. Y prefieren no ver el sufrimiento, prefieren acabar creyendo que el animal no es más que un objeto, porqué si lo pensasen con frialdad, con objetividad, acabarían por darse asco a sí mismos.

No, señor Ortega Monasterio, no hace falta que alguien esté inmovilizado para que sea torturado. Porqué al margen del evidente daño físico, al toro, también se le propina un importante dolor psicológico, y todo el mundo, salvo usted y cuatro taurinos más, es capaz de entender que el dolor psicológico no requiere de ataduras físicas. Todo el mundo, salvo usted y cuatro taurinos más, es capaz de comprender que el toro, pese a no pertenecer a la raza humana, es un ser vivo dotado de una sensibilidad y de un sistema nervioso capaz de sentir dolor cuando lo pinchan.

Un jugador de rugby puede sentir estrés durante un partido, pero estoy seguro que prefiere jugar con la pelota ovalada a ser atravesado una y otra vez por el frío acero de las banderillas, de la pica, de la espada y del descabello. No compare por favor, no compare, o es que se cree que todos los que lo escuchan o lo leen tienen la misma incapacidad que usted para ver aquello que es evidente.

No pretenda insultar la inteligencia ajena. Tal vez fuera bueno que antes de analizar las mentes ajenas dedicara unos minutos a auto psicoanalizarse. A lo mejor descubre que su pasión por la tauromaquia no le deja pensar con la objetividad que se le supone a un buen psiquiatra.

¿Quién analiza al psiquiatra?

3 comentaris:

Maribel ha dit...

Pues vaya con el psiquiatra, ¡está más loco que una cabra! Hay gente que ya no sabe como justificar la crueldad. Está claro, que todos sus absurdos argumentos a favor de las corridas de toros, caen por su propio peso. No hay nada que justifique la atrocidad!!

Anònim ha dit...

Aquest psiquiatra, a donat clases i ponencies i discursos, als mossos d'esquadra, el fascisme esta molt a prop.

Fin Maltrato Animal ha dit...

El lenguaje siempre le ha servido de refugio a unos cuantos para ponerse a salvo de las críticas por sus crímenes. Las palabras, de por si un arma muy poderosa como bien expresó de forma tan hermosa Gabriel Celaya, son como el hacha en manos del bombero o del descuartizador, pueden servir para salvar una vida o para acabar con ella.


Un golpe de estado contra un régimen democrático y elegido por mayoría, era una “Santa Cruzada”; Los crímenes racistas eran “limpiezas étnicas” y ahora, la tortura no es tal porque la víctima no permanece inmovilizada. Bueno, ya sabemos “lo que no es”. Vayamos pues a las palabras del Ex-Vicepresidente de EEUU Dick Cheney para saber “lo que sí es”, refiriéndose a las que se practicaron durante el mandato de Bush: “Eran técnicas mejoradas que salvaron millones de vidas, y si ahora se emprenden juicios políticos contra ellas, peligra la seguridad nacional...”. Gracias a estos dos caballeros tenemos perfectamente delimitado el término “tortura” para los que la justifican, ya sólo falta que los toros se enteren de una vez, y que nos den las gracias por no atarlos y por prestarse a contribuir en el desarrollo de la tecnología nacional mejorada.

Una pregunta: la estupidez, cuando es tan dañina, ¿no se podría contemplar en el Código Penal?. Aunque acáso más que imbecilidad de los autores de tales declaraciones, habría que hablar de la de aquellos a los que va dirigido el mensaje, porque de otro modo no se explica como algunos pueden con tanta impunidad, seguir tapando los cadáveres que su proceder causa o ampara con diccionarios y banderas.

Un abrazo y Salud querido Carles.

Julio Ortega