dissabte, 11 de setembre de 2010

Harto ya de estar harto!

Por multitud de pueblos de nuestra geografía nacional se siguen organizando festejos de alto riesgo basados en la suelta de uno o varios toros, llamados encierros, o encierros en el campo, donde sigue muriendo y accidentándose gente.

Durante estas últimas semanas raro es el día en que alguna persona no resulta herida de diversa consideración, o muerta por asta de toro o por un traumatismo grave.

A un empresario que tiene cinco trabajadores en una oficina, donde el mayor peligro es que una mosca despistada le impacte en la cara a alguno de ellos, se le obliga a gastar una ingente cantidad de dinero en un plan de prevención de riesgos laborales.

Y yo pregunto, ¿acaso el ganadero invierte un solo euro en un sistema de prevención de riesgos?, ¿lo hace el ayuntamiento que organiza el evento?

A todos los ocupantes de un automóvil nos obligan a llevar el cinturón de seguridad para minimizar riesgos en caso de colisión, al tiempo que los motoristas y ciclistas deben ir obligatoriamente equipados con un casco.

Y yo pregunto, ¿están obligados cuantos corren ante el toro, so pena de multa en caso de incumplimiento, a utilizar cascos o dispositivos que minimicen las lesiones en caso de alcance por parte del toro?

A cuantos somos fumadores se nos invita de forma constante y tozuda a que abandonemos ese hábito tan poco saludable que nos puede llevar a la muerte, o lo que es peor, a un gasto extraordinario para la sanidad pública, esa que pagamos entre todos, y a la que sin duda contribuimos los fumadores con los abusivos impuestos que pagamos con cada cajetilla. Es una especie de “tour de force” psicológico con los fumadores, muchos de los cuales acaban por intentar abandonar el hábito bajo el influjo de un grave sentimiento de culpabilidad inducido.

Y yo pregunto, ¿han sido advertidos corredores y espectadores, de forma insistente y machacona, llegando a la más extrema manipulación psicológica, de los riesgos que puede implicar para su salud y su propia vida la asistencia a tales acontecimientos, digamos, festivos?

Los alpinistas y deportistas en general están obligados a federarse y a pagar un seguro que cubra los gastos médicos en caso de accidente.

Y yo pregunto, ¿están los corredores y asistentes a los encierros obligados a estar federados?, ¿pagan los que corren ante el toro algún seguro obligatorio de accidentes?.

Obviamente las repuestas a todas mis retóricas preguntas son negativas. Como dice aquella letra del tema vagabundear, “Harto ya de estar harto, ya me cansé de preguntarle al mundo por qué y por qué”.

Y es que parece que en todo cuanto rodea al toro no existe la más mínima lógica.

Los toreros ponen en riesgo su vida. Los corredores en los encierros ponen en riesgo su vida. Muchos espectadores, aún sin ser conscientes de ello, ponen en riesgo su vida. Y todo ello sin medios de prevención de riesgos, al contrario, el torero cuanto más se acerque al toro y más riesgos asuma, más vitoreado.

Y no es que el toro sea un asesino en potencia. No nos confundamos, es un mamífero herbívoro. Pero claro es que pesa más de 400 kilogramos, y además tiene cuernos. Cuernos que utiliza para defenderse cuando se siente intimidado o acosado, aunque si encuentra unos matorrales corre a esconderse, y si ve campo por delante, no duda en huir.

Y ya no voy a hablar de ética, para que no me acusen de repartir carnets de ética, ni tampoco lo haré de sufrimiento del toro, porqué la mayoría de aficionados parece no verlo, e incluso muchos lo niegan vehementemente, eso sí, sin ninguna base científica en sus negaciones.

Pero lo cierto es que mueren personas, otras quedan tullidas de por vida, y las hay que sufren graves lesiones que requieren de intervenciones quirúrgicas urgentes y meses de convalecencia.

Sinceramente creo que las autoridades de este país deben hacer algo para evitar ese alto precio en vidas humanas y todo ese sufrimiento a las familias de las víctimas y heridos. Lo hacen para evitar los accidentes laborales, para evitar los accidentes de tráfico, para evitar las muertes prematuras por tabaquismo. ¿Porqué no hacerlo también con la tauromaquia y esas fiestas populares tan sangrientas?.

Lo agradeceríamos muchos ciudadanos que no entendemos como tales actos se permiten e incluso subvencionan. Lo agradecerían muchas madres y padres que ven a sus hijos arriesgar la vida por una tradición o una incomprensible diversión, o por demostrar una extraña hombría que, todo sea dicho de paso, quedó enterrada por la gente normal al tiempo que aquél machismo ya caduco que imperó en otros tiempos.

Ah!, se me olvidaba, seguro que el toro también lo agradece.



Relación de los últimos fallecidos en las fiestas de este verano:

9 de septiembre de 2010 - Una mujer de 48 años muere en Arganda del Rey al asomarse por la talanquera del recorrido del encierro y ser envestida por un toro rezagado.

8 de septiembre de 2010 - Un hombre de 70 años muere tras ser embestido por un toro en las fiestas de La Losa (Castellón)

1 de agosto de 2010 - Un toro embolado mata a un hombre de 46 años en Godella (Valencia). Le seccionó el cuello una anilla sujeta al cuerno del animal

3 de julio de 2010 - Muere un vecino de San Sebastián de los Reyes (Madrid) de 19 años corneado por un toro en los encierros de Fuentesaúco (Zamora)

25 de julio de 2010 - Un novillo mata a un hombre de 65 años en Hellín (Albacete) durante un encierro
 
La relación de heridos de diversa consideración del último año, contando con los famosos San Fermines, sería un verdadero rosario.

divendres, 3 de setembre de 2010

Un país de chulos, violentos, crueles y descerebrados

En más de una ocasión, viendo en las noticias como se comporta una turba enfurecida de personas de algún país Islámico, he oído términos despectivos hacia su forma de proceder, respecto de la forma de exteriorizar sus sentimientos y sus creencias.

Ciertamente hay en nuestro país muchas personas que se creen moralmente superiores. Legitimadas plenamente para criticar a aquellos por su proceder tumultuoso y borreguil. Y no seré yo quién intente disculpar la violencia gratuita o ese lenguaje corporal más propio de hombres prehistóricos que se puede apreciar en los reportajes, pero si recomendaría a más de uno que antes de hacer notar la paja en el ojo ajeno, tenga a bien examinar la viga del suyo propio.

Y es que viendo imágenes de cómo año tras año se comportan algunos españoles en parajes que ya forman parte de la vergüenza colectiva de nuestro país, como los encierros en el campo de Galápagos (Guadalajara), o el toro alanceado de la Vega en Tordesillas (Valladolid), uno no puede por menos que establecer ciertas comparaciones y similitudes. Y he citado dos ejemplos, conocidos ampliamente, por no querer citar tantos y tantos pueblos donde tienen por costumbre emprenderla a patadas y puñetazos con vaquillas o becerros, con verdaderos preadolescentes de toro, e incluso donde chavales sin experiencia los perforan una y otra vez por cualquier sitio.

Algún lector avezado, llegados a este punto, me querrá espetar que no es comparable la pública lapidación de una mujer, o el apaleamiento hasta la muerte de dos adolescentes confundidos con ladrones, con la tortura de un toro perseguido e instigado con vehículos de todo tipo y recibiendo toda suerte de golpes, o la de otro perseguido también por una turba a caballo y a pié, eso si, armados ellos con unas lanzas de más de dos metros. Ciertamente la especie del torturado y asesinado no es la misma, pero no tengo duda de que las connotaciones violentas son idénticas, y el componente de aborregamiento también. Es evidente que una sola persona, sin el soporte de otras muchas igualmente cegadas y jaleadas mutuamente, no se atrevería ni a una cosa ni a la otra.

Pero es que tampoco hay que ser muy agudo para entender que la violencia engendra violencia. Que la permisividad, y porqué no decirlo, la promoción pública también, de espectáculos y fiestas en que se maltrata hasta la muerte a un ser vivo, son un caldo de cultivo excelente para alimentar otros comportamientos violentos, para justificar que determinada violencia es lícita, para elevar el umbral de lo permitido hasta un nivel peligroso.

Solo así puede entenderse lo que ha sucedido en Sacedón (Guadalajara), donde unas doscientas personas que participaban en otro de esos encierros en el campo, han estado a punto de linchar a tres activistas de Igualdad Animal que desplegaron una pancarta contra este tipo de “fiesta”, y a dos periodistas de Telecinco que cubrían la noticia. Los dos Guardias Civiles presentes en el lugar se tuvieron que emplear a fondo para que una turba de borregos enloquecidos no causase mayores males a esas personas. Tanto los reporteros (a uno de ellos lo tiraron por un terraplén de unos 100 metros) como los activistas, sufrieron daños físicos, además de insultos y daños en uno de los vehículos.

Eso es lo que tiene elevar el umbral de la violencia permisible, que hay personas que se confunden y se creen que todo el monte es orégano. Porqué realmente viendo esas imágenes de un intento de linchamiento público en Sacedón y la de los dos adolescentes de Sialkot (Pakistán) apaleados hasta morir, a uno le queda la sensación de estar viviendo dos historias de similar calado, eso si, con una diferencia, a los jóvenes Paquistaníes los confundieron con unos atracadores a mano armada, a los activistas y reporteros de Sacedón los atacaron por hacer uso de su libertad de expresión, por mostrar una pancarta con su disconformidad, y por dar cobertura informativa al acto.

Las imágenes de Sialkot han indignado y angustiado a los pakistaníes, que se preguntan si años de descuido por parte del Estado han brutalizado a la sociedad.

Aquí debiéramos preguntarnos si años de promoción pública de corridas de toros y fiestas en que se tortura y mata a un ser vivo, no han contribuido también a brutalizar a una parte de la población. O eso, o es que realmente vivimos en un país de chulos, violentos, crueles y descerebrados, que no dudan en utilizar la violencia cuando carecen de argumentos, o capacidad para esgrimirlos de forma civilizada, y sobre todo, cuando se sienten respaldados por unos cuantos más de su misma catadura moral.

Espero que sea lo primero, pues tiene solución: legislar para abolir ese tipo de divertimentos. Si fuese lo segundo, solo cabe esperar que las nuevas generaciones sean más cerebrales y menos violentas. Claro que para conseguirlo habrá que esmerarse en la educación de los jóvenes, entre otras cosas, no lanzando mensajes contradictorios que los confundan. En consecuencia también sería deseable abolir y prohibir ese tipo de festejos incomprensibles en la época que estamos viviendo.

Es decir, que al final, sea cual fuere el problema de este país respecto a las conductas violentas y descerebradas de algunos, la solución siempre parece pasar por lo mismo: no permitir espectáculos públicos donde se maltrate a un ser vivo, sea de la especie que sea. Legislar para dejar claro que la violencia gratuita hacia cualquier ser dotado de vida no es tolerable, no es ética, y es condenable.